Copenhague

Mi historia con esta ciudad se remonta a algunos años atrás. Un año después de terminar la universidad había decidido irme de misionera y había encontrado una oportunidad en Dinamarca. No voy a entrar en detalles, pero las cosas no se dieron y al final el viaje se canceló. Esto me hizo sentir muy triste porque para cuando me enteré que no iría, yo ya había hecho mi tarea de investigar y aprender todo lo que pudiera acerca del país nórdico. El tiempo pasó y en vez de ser misionera Dios quiso que estudiara una maestría en Madrid. Así que desde el día en que mi solicitud de visa de estudiante para España fue aceptada, yo sabía que iría a Copenhague.

A las siete de la mañana del día dos de agosto me encontraba abordando el tren en la central de Ámsterdam. Hice dos conexiones en Alemania, una en Osnabrueck y la otra en Hamburgo; aprovechando que tenía que esperar una hora y quince minutos para tomar el siguiente tren, en la estación de tren de ésta última ciudad comí un puré de papas con verduras que a mi paladar le encantó, el lugar se llama Mr. Clou.

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A las 13:28 me subí al tren que me llevaría a la ciudad donde se encuentra la estatua de la sirenita. Para no aburrirme en el trayecto me gustaba mirar cómo cambiaban los paisajes a través de la ventana. Durante los viajes anteriores habíamos atravesado túneles, algunos bastante largos, así que cuando mi vista cambió de naturaleza a oscuridad, no le di mayor importancia.

Jamás imaginé lo que sucedería a continuación. Y algunos podrán burlarse o pensar que era obvio, pero en mi caso no fue así. Sí me preguntaba cómo es que llegaría a Copenhague en tren, ya que la capital del país Danés está en una isla, pero la verdad es que no me preocupé por ello, ya se encargaría interrail de ello.

Tenía los audífonos puestos cuando oí que daban un mensaje por los altavoces. Me los quité y no entendí bien lo que sucedía. La mayoría de las personas se estaban levantando de sus lugares y se dirigían a las puertas que empezaban a abrirse. Otra parada? Pensé. Un poco confundida me levanté y le pregunté a otra pasajera qué es lo que estaba pasando. Me dijo que el conductor había dicho que nos bajasemos del tren. Eso había escuchado también, y que en 45 minutos regresáramos. Como los demás lo hacían, dejé mi mochila y tomé solo mi celular y un bolso. El espacio entre el tren y la pared era bastante angosto. Aquello parecía una bodega, bastante larga de hecho, pero aún no lograba entender lo que acontecía. Cual oveja seguí a la multitud que se aglutinaba para subir unas escaleras metálicas. Al llegar a la cima comprendí de qué iba todo el numerito: estábamos en un ferry. Mis ojos se abrieron de la emoción, siempre había querido subirme a un ferry. Subí dos niveles y me dirigí a un extremo de la nave para mirar el mar. El aire estaba heladísimo pero la vista era espectacular, serían alrededor de las cinco de la tarde. A donde quiera que volteara se veía azul, el mar báltico nos rodeaba.

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De pronto escuché un anuncio, nos quedaban unos cuántos minutos para regresar al tren, no lo hice enseguida, el tiempo había pasado rapidísimo y yo estaba embrujada por aquella postal de la naturaleza. Le di la espalda al mar y me encaminé hacia el interior. En ese momento me di cuenta que no había prestado mucha atención al recorrido para llegar al tren, me entró el pánico por un momento, recorrí visualmente las opciones y encontré la puerta, estaba junto a los baños, además había un montón de gente entrando por ella. Los seguí. Otra vez me dio un poco de pánico al buscar el vagón donde estaba mi asiento con mi mochila, no recordaba cuál era y las puertas estaban por cerrarse, me subí al vagón mas cercano y las puertas se cerraron detrás de mí. Era hacia adelante o hacia atrás? no, definitivamente era hacia atrás, caminé detrás de gente que también buscaba sus lugares mientras el tren avanzaba en dirección contraria a la mía. Buscaba entre las personas las caras de aquellos que estaban sentados cerca de mí. Por fin encontré mi lugar.

Llegué a la estación de tren y, aunque no era aún de noche, lo primero que hice fue buscar un hotel. Pensé que habría un Ibis junto a la central, pero no fue así. Caminé a la calle de atrás de la central, que es donde se encuentran la mayoría de los hoteles y empecé mi búsqueda. Nadie tenía una sola recámara vacía, no lo podía creer. Después de recorrer unos 4 hoteles sin éxito alguno comencé a desesperarme. Además, no podía hospedarme en cualquier lugar, por mi seguridad. Al final terminé hospedándome en el Best Western. La habitación, aunque pequeña, se veía bien.

Dejé mis cosas y salí emocionada a conocer el Tívoli, que se encuentra justo delante de la estación de trenes. Para mi desgracia no pude entrar porque ya iban a cerrar el parque, eran casi las nueve de la noche, así que solo le tomé una foto a las letras, caminé un poco en los alrededores (aunque no hay mucho que ver) y me regresé al hotel.

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Pasé una mala noche ya que la ventana de mi cuarto daba hacia el patio interno del hotel, donde al parecer la gente va a platicar y hacer ruido. Como el desayuno estaba incluido y había pagado bastante por esa habitación, bajé al restaurante, que se encuentra en la primera planta. Me desperté como media hora antes de que se terminara el horario de desayuno, así que no encontré mesa ni adentro ni afuera. Justo cuando daba mi segunda vuelta al salón una persona terminaba de comer y pude sentarme.

Por fin salí a conocer la ciudad. El día estaba nublado y yo llevaba puestos unos jeans, un body sin mangas y una chamarra de mezclilla. Supuse que, aunque es una ciudad de temperaturas frías, durante el verano el clima no estaría por debajo de los 18 grados, pero me equivoqué, aunque en ese momento no lo sabía.

Tomé el mapa y guardé en mi mochila de Van Gogh lo que supuse necesitaría para no volver al hotel hasta el anochecer. Al ser mi único día en la ciudad, tenía que aprovecharlo al máximo.

Comencé mi recorrido en el palacio Christiansborg. Subí a la parte mas alta y tuve una vista increíble de gran parte de la ciudad en donde pude apreciar el característico verde de los techos de algunos edificios.

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Al lado del palacio se encuentra el Børsen (intercambio en danés), un edificio histórico donde se encuentra la bolsa de valores mas antigua de Dinamarca. Su notable chapitel tiene las colas entrelazadas de cuatro dragones. Un edificio increíblemente hermoso.

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Seguí caminando con dirección al Nyhavn (puerto nuevo en danés), el paseo marítimo más importante de Copenhague donde, por 18 años, vivió el famoso escritor y autor de la historia de la sirenita, Hans Christian Andersen. Del lado norte podemos encontrar restaurantes y bares; a esta sección se le llama petit hôtels. La casa número 9 data del año 1661.

El lugar en donde están anclados los barcos, en la sección interior del Nyhavn llamada el «Puerto Museo», también tiene una razón. El lado sur del canal está reservado para barcos museo propiedad del Museo Nacional de Dinamarca, y el lado norte del canal se puso a disposición de la Sociedad Nyhavn.

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Aunque el día estaba gris, los colores de las fachadas le daban vida al paisaje. Mientras recorría el puerto encontré, por casualidad, las taquillas de los paseos en bote. La siguiente salida era en unos cuantos minutos y el precio se me hizo razonable por el recorrido que ofrecen, así que decidí subirme. Apenas teníamos unos minutos de haber empezado el tour, cuando empezó a lloviznar. Lo bueno es que la misma empresa nos regaló impermeables a los poco mas de 5 pasajeros que habíamos decidido pasear en ese horario. Lo malo fue que, con la lluvia, y al estar tan cerca del agua, la temperatura descendió, y la ropa que había escogido para ese día resultó ser bastante inapropiada ya que pasé un poco de frío durante todo el paseo.

Antes de empezar el guía turístico nos preguntó en qué idioma queríamos que nos diera la información, hablaba inglés, español y danés, obviamente. Al final terminó hablando en inglés y español, ya que además de mí, había una pareja de españoles. Me sentí contenta de entender los dos idiomas, ya que puede aprender mas; esto porque, durante el recorrido, me di cuenta de que el guía variaba la información de un idioma a otro.

En el trayecto pasamos por varios puentes, los cuales, según nos contó el guía, no fueron pensados para que un bote con turistas pasara debajo de ellos, razón por la cual, dependiendo la marea y la altura de cada persona, en ocasiones teníamos que agacharnos para no golpearnos la cabeza. Fue tanto educativo como divertido. Después de un rato la lluvia se detuvo.

 

Al terminar el paseo ya sentí hambre, así que decidí sentarme a comer en alguno de los restaurantes del Nyhavn; todos tienen mesas tanto dentro del edificio, como al aire libre. Durante el verano la mayoría de las personas se sientan afuera para disfrutar de temperaturas mas altas (con máximas alrededor de los 22 grados centígrados), aunque al ser uno de los lugares mas turísticos de la ciudad, tienen calefacción junto a las mesas, por si desciende la temperatura súbitamente. Y eso fue lo que sucedió. La lluvia regresó y con mas fuerza. El aire se sentía frío y yo no encontraba un menú al que le entendiera los ingredientes. Por la prisa de refugiarme y pidiéndole a Dios que hubiera al menos un platillo sin carne, entré a un restaurante, Heering. Por fortuna había mesa y carta en inglés disponibles. La entrada del local me recordó algunos edificios del centro de Madrid, tienes que bajar.

No recuerdo exactamente cuál, pero fue un Smørrebrød, un platillo típico danés que consiste en un sandwich abierto. Mientras comía, la lluvia cesó. Así que cuando terminé de comer pude continuar mi camino sin ningún problema. Me dirigía hacia la estatua de la sirenita. Ya sabía que está relativamente lejos; y digo relativamente porque para mi la mayoría de los países europeos son super chiquitos, estoy acostumbrada a distancias mas grandes, por lo que no me pareció una mala idea irme caminando; además, de esa forma conocería mejor la ciudad.

Hice una pequeña desviación hacia el castillo Rosenborg. Este castillo-palacio fue la casa real hasta 1710. Desde 1838 está abierta al público general y además ahora tiene un museo en donde se exhiben joyas de La Corona Danesa, entre otras cosas.

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También pasé por la Rundetårn (torre redonda) y por Nyboder, un complejo de edificios en el que parece que acabas de entrar a un set de grabación; las características más destacadas de estas casas adosadas son su color amarillo y repeticiones infinitas. Las Casas Nyboder fueron encargadas por el Rey Christian IV para albergar a los marinos daneses y sus familias. La información del Nyboder la encontré visitcopenaguen.com donde además encontrarán datos útiles si están planeando (o no) visitar la capital danesa.

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Estaba ya casi por llegar a Den Lille Havfrue (la sirenita) cuando la lluvia regresó para llenar de gris el cielo, razón por la cual solo habíamos como tres personas junto a la estatua. Pero el agua no iba a impedir que me tomara la foto que tanto anhelaba. Además, tenía que aprovechar a las otras personas que estaban ahí para pedirles el favor de tomarme la foto. Me quité el impermeable que me resultó tan útil y le di mi celular a una persona para tener el recuerdo digital de mi visita a ese sitio. Mi ánimo estaba un poco decaído porque esa fotografía me hacía mucha ilusión y al ver el resultado en la pantalla de mi teléfono, no era como lo había imaginado.

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Sin mucho mas que hacer al respecto, empecé mi caminata de regreso, ahora por otra calle para ver edificios nuevos. La lluvia no me daba tregua. Aún así encontré dos edificios hermosos: la iglesia de Federico (Frederiks kirke), también conocida como iglesia de mármol, y la iglesia rusa ortodoxa Alexander Nevsky.

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Algo que se me hizo muy curioso es que aún estando a mitad del verano, los restaurantes, cafés y bares que tienen mesas al aire libre tienen que dejar una manta sobre las sillas ya que para muchos turistas las temperaturas aún pueden considerarse frías, y mas si llueve.

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Una calle antes de llegar al hotel en el que me hospedaba, un hostal llamó mi atención. Tenían anunciada una hamburguesa vegetariana a la que no pude decirle que no. Casi todos los que estaban en aquél lugar eran jóvenes. El ambiente era muy relajado buena onda y con música en vivo. Por un momento me arrepentí de no haberme quedado a dormir, pero luego pensé que probablemente la gente se quedaba tocando música y haciendo ruido hasta tarde, así que no me importó mucho. La hamburguesa, por cierto, estuvo muy buena, disfruté mucho esa tarde.

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Ya no llovía, y no iba a dejar que me pasara lo mismo de la noche anterior, así que me fui al Tívoli. Se trata de un parque de atracciones. Y qué puede tener de interesante? Pues mucho. La segunda vez que oí de él fue en la película Copenhaguen. Para ser honestos, el trama del film deja mucho que desear, sin embargo la vi porque me interesaba conocer mas de la ciudad, y obviamente algo que no podían dejar fuera fue este parque.

Me sentía tan cansada que no tuve ánimos de subirme a ningún juego. Recorrí todo el parque, me compré algunos recuerditos y esperé para ver lo que mas me llamaba la atención, el espectáculo de agua y luces.

 

Solo había un pequeño problema. No sabía en dónde lo hacían. Tenía un mapa pero no me fue de mucha ayuda. La hora se acercaba, lo sabía porque lo dijeron en los altavoces del parque, y yo no encontraba el lugar. Me acerqué a un anuncio luminoso cerca de unas mesas intentado dar con el lago donde se llevaría a cabo el espectáculo. De pronto una voz me dijo que si podía ayudarme en algo, era un chico que estaba sentando en una de las mesas y, como ya era de noche, no lo había visto. Con un poco de desconfianza le conté mi situación. Muy seguro de sí me dio las indicaciones para llegar. Creo que notó mi cara de duda porque me dijo, créeme, trabajo aquí, solo que ya terminé mi turno.

Esta vez le creí y me dirigí a donde me había dicho. Tenía razón. El show estuvo increíble, o será que tenía muchas ganas de verlo. Apenas terminó, y toda la gente empezó su retirada del parque, es el último espectáculo y entonces cierran las instalaciones.

 

Me quedé un ratito en la entrada del parque porque quería tomar unas fotos, cuando de pronto se me acercó un chico pidiéndome prestado el celular para llamar a sus amigos porque no los encontraba, obviamente desconfié de lo que me dijo y le contesté que mi número no era danés, además era cierto.

Me dijo que no había problema, que si por lo menos me quedaba con él en lo que llegaban sus amigos. En primer lugar, ya estaba cambiando la historia que me contó inicialmente, y en segundo lugar ésa fue la segunda señal de que corría peligro. Empecé a cruzar la calle y le dije que no. Empezó a caminar a mi lado y me dijo que a dónde iba. Ahora sí sentí miedo, sabía que quería hacerme algo. La calle estaba llena de gente, eso me daba un poco de alivio; sabía que si intentaba algo podía gritar y alguien me auxiliaría. Seguí dándole evasivas con un tono de voz firme pero sin enojarme porque no sabía cómo reaccionaría esa persona y aceleré mi paso. Gracias a Dios el tipo entendió el mensaje y se fue. No me fui directamente al hotel porque tenía miedo que me hubiese seguido de lejos, así que me metí a varios hoteles con la excusa de que quería información, hasta que después de algunos minutos sentí que era razonable entrar a mi hotel. Le agradecí a Dios por toda la protección que había tenido durante el viaje.

La mañana del día siguiente estaba soleada. Cómo me hubiera gustado que así hubiese estado ayer, pensé. Mi tren salía a las 5 de la tarde, o eso pensaba yo. Siempre revisaba dos o tres veces hora y lugar de salida del tren, así que fue lo primero que hice después de vestirme. Había escogido ropa cómoda porque iba a viajar varias horas. Saqué mi reservación y no podía creer lo que veía. La salida del tren era a las 5 AM. Entré en pánico. Guardé mis cosas lo más rápido que pude, hice el check out y salí corriendo a la estación que estaba a escasas tres calles del Best Western.

No podía creer que hubiera cometido un error tan grande. Llegué corriendo pero tenía que tomar un número para que me atendieran, eran aproximadamente las 10 de la mañana. Por fin apareció mi turno en la pantalla. No voy a entrar en detalles, pero al final habían dos soluciones: comprar otra reservación y estar unas cuatro horas en Estocolmo para regresar y tomar el otro tren con dirección a Alemania que ya había reservado con anticipación, o quedarme otro día en Copenhague y seguir con la ruta planeada. Obviamente era una tontería tanto gasto por estar 4 horas en una ciudad, así que me quedé en Copenhague.

Estaba super triste y no sabía qué hacer. Lo primero que pensé fue en regresar al hotel y reservar la habitación para otra noche pero era demasiado tarde, ya estaba reservada. Nada me salía bien. Cargando con la frustración además de mi mochila, me encontraba otra vez en búsqueda de una cama para pasar la noche. Encontré un hotel muy cercano a donde me había quedado anteriormente, zleep hotels. A la habitación podía entrar hasta las 3 de la tarde, aún faltaba bastante para eso, pero muy amablemente el chico de recepción me dijo que podía dejar guardadas las maletas en un área especial que ellos tienen.

Necesitaba distraer mi mente de lo que acababa de pasar, así que me fui a caminar, primero sin un rumbo establecido, después me encontré camino a la sirenita. Si había un clima tan bonito lo aprovecharía para tomar las fotos junto a la icónica estatua nuevamente.

Había un autobús estacionado del cual se había bajado un grupo de asiáticos. Estuve un rato analizando a las personas para ver a quién podía pedirle que me tomara la foto. Finalmente me decidí por una chica que iba con sus papás.

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Me alejé del tumulto y me senté en unas rocas a la orilla del mar. Hipnotizada por las olas, me quedé un rato, no se cuánto. Estaba inmersa en mis pensamientos cuando de pronto un hombre asiático de mediana edad se me acercó por la espalda y me preguntó si podía tomarse una foto conmigo. Se me hizo una petición bastante extraña hasta que recordé que traía puesta una playera que dice mermaid en la parte trasera. Ahora comprendía todo. Me dio mucha risa y le dije que si. Su compañero nos tomó la foto y luego intercambiaron lugares. Nunca me había pasado algo parecido, y ni siquiera fue a propósito. Aproveché para tomarme otras fotos con la sirenita, ahora de espaldas mostrando las letras impresas en mi playera. Fue muy divertido.

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De regreso entré al Designmuseum Danmark que había visto en el camino la primera vez que fui a ver a la sirenita, pero no tuve el tiempo para visitarlo. Me preguntaron mi edad, como aún tenía 25 entré gratis. El museo está muy padre, la sección que mas me gustó fue la de el diseño actual danés, el diseño nórdico. También se me hizo muy interesante conocer la relación entre el diseño japonés y el danés. Pero definitivamente la parte que mas me gustó fue la tienda de souvenirs, no sabía ni qué comprar, lo quería todo. Volví a fotografiar las iglesias Frederik y la rusa ortodoxa. Ahora tenía tiempo de visitar el Amalienborg, un complejo de palacios y residencia invernal de la actual Familia Real danesa. La iglesia de mármol, el Amalienborg y la Opera House de Copenhague están perfectamente alineados, supuestamente por pedido de la reina.

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Volví a pasar por el Nyhavn y tomé nuevas fotos. Con el cielo azul las fotografías cambiaron completamente.

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Al siguiente día me presenté media hora antes de la salida del tren. Miré las pantallas de salidas próximas y no estaba el tren que abordaría. Fui por un café y un pan para pasar el tiempo. Volví a asomarme a la pantalla, faltaban diez minutos para la hora que marcaba mi boleto y el anuncio aún no aparecía. Algo estaba mal. Me acerqué a la taquilla de boletos y pregunté. El tren ya está en la estación y sale en 10 minutos pero no lo vas a alcanzar porque para llegar al anden son 15 minutos caminando. No podía creer lo que me estaba diciendo, no iba a perder otro tren. Salí corriendo hacia las escaleras buscando el número del anden que me había indicado el señor de la taquilla. Cuando estaba terminando de subir las escaleras que me llevaban al anden vi cómo el tren se desvanecía a lo lejos.

Reegresé al lugar donde había estado un día antes por la misma razón. Ésta vez a la defensiva. La primera vez que perdí el tren la culpa era completamente mía porque confundí la hora. Pero ahora la situación era otra. Es cierto que en parte la culpa fue mía porque al no aparecer la información de mi tren en la pantalla de salidas debí haber ido a preguntar, pero fue su error no poner los datos de ese tren.

Por mas que discutí no pude hacerlos que aceptaran su responsabilidad, por lo que terminé comprando otra reservación para la salida mas cercana con destino a Munich. Se suponía que debía llegar el viernes en la noche y ahora llegaría el sábado en la mañana. Justo en ese momento me escribió el amigo que me daría hospedaje en casa de sus papás, en Ingolstadt. Le comenté a grandes rasgos lo que había sucedido y mi nueva hora de llegada. Ya no me alejé de la estación, me quedé ahí esperando al nuevo tren. Ahora sí pusieron la información en la pantalla. Al ser en el mismo anden, empecé a caminar con media hora de anticipación, lo que se supone que se camina en 15 minutos. Espero volver a verte København.

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